500 g de papas pequeñas, tipo raclette, de copetín o papines.
1 taza de queso reggianito o parmesano rallado.
3 cucharadas de aceite de oliva.
1 cucharadita de ajo en polvo.
1 cucharadita de pimentón o ají molido, opcional.
Sal, pimienta negra y orégano, a gusto.
La preparación empieza con una fuente apta para horno cubierta con papel manteca. Volcar el aceite de oliva y distribuirlo por toda la superficie, sin dejar sectores secos. Espolvorear el queso rallado hasta formar una capa pareja sobre el aceite. Condimentar esa base con ajo en polvo, sal, pimienta negra y orégano; si querés, también podés sumar pimentón o ají molido.
Las papas deben lavarse muy bien antes de cortarlas. Secarlas, dividirlas al medio a lo largo y apoyar cada mitad sobre la cama de queso, con el corte hacia abajo. Presionar suavemente para que queden bien asentadas y en contacto con la preparación. Llevar la fuente a un horno fuerte, precalentado a 200 °C, durante 25 a 30 minutos, hasta que estén tiernas y la base de queso quede completamente dorada.
La limpieza de la cáscara requiere algunos minutos de atención porque las papas se cocinan con piel. Sumergilas en agua fría para aflojar la tierra y frotalas con un cepillo limpio para vegetales o con la parte dura de una esponja nueva, siempre bajo el chorro de agua. Después, secalas muy bien para que el aceite y el queso se adhieran sin exceso de humedad
La presentación también forma parte de la receta. Para mostrar la costra, se sugiere dar vuelta la fuente sobre una tabla y dejar que el queso quede hacia arriba. Podés servir las papas como guarnición de carnes rojas, pollo o hamburguesas, o acompañarlas con crema ácida o lactonesa de ajo. Es una preparación simple, con pocos pasos y una textura crocante que tenés que probar.




