Por Agencia DIB
Durante mucho tiempo, sentirse solo fue algo de lo que no se hablaba. Una carga privada, íntima, casi vergonzosa. Hoy, en cambio, los principales sistemas de salud del mundo la tratan como lo que es: una crisis de salud pública con consecuencias medibles sobre el cuerpo y la mente.
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El giro fue el resultado de años de investigación académica, empuje político y, finalmente, el sacudón global de la pandemia, que puso en evidencia algo que muchos ya sabían pero pocos querían nombrar: la desconexión social hace daño real.
En Estados Unidos, el punto de inflexión llegó en 2023, cuando el cirujano general Vivek Murthy -cargo equivalente a portavoz del área de Salud Pública- emitió una advertencia formal sobre los efectos de la soledad en la salud, bajo el título «Nuestra epidemia de soledad y aislamiento». El documento tuvo impacto global.
“La evidencia y la investigación se volvieron imposibles de ignorar. Los investigadores demostraban cada vez más que la conexión social afecta no solo el bienestar emocional, sino también la salud física, la salud mental, el desempeño laboral e incluso la participación cívica”, explicó Trey Leveque, exjefe de gabinete de Murthy.
No solo afecta a los viejos
Uno de los mitos más arraigados es que la soledad es cosa de viejos. Los datos lo desmienten. La desconexión afecta a personas de todas las edades, y los más jóvenes no están exentos. El avance del individualismo, alimentado por los smartphones y las redes sociales, viene cambiando la forma en que las personas se vinculan desde hace años.
La soledad, vale aclararlo, no es sinónimo de estar solo. Existe una distinción que la psicología viene trabajando desde hace tiempo: hay una soledad elegida, reparadora, que permite el descanso y la introspección, y otra que duele, la que aparece cuando alguien se siente invisible incluso rodeado de gente.
El desafío, según los expertos, es sostener la atención política sobre el tema en un mundo donde las crisis se acumulan y los focos se mueven rápido.




